Vicios Modernos. Ceesepe 1973-1983 está dedicada a un período concreto de la producción de Ceesepe centrado en el lenguaje del cómic y la viñeta. La exposición abarca una década, se remonta a los años escolares del artista y se cierra en el año 83, con sus últimos cómics y cuando su metamorfosis hacia la pintura ya ha culminado.

Ceesepe Vicios Modernos

En el libro que acompaña la exposición, la comisaria Elsa Fernández-Santos escribe que “no se pueden entender los años setenta en España sin medir lo que supuso el aterrizaje, en la esfera juvenil, de las historietas y dibujos que la cultura oficial ninguneaba. La estela del cómic underground estadounidense, rebelde y desmitificador, tocaba la orilla de un país sediento de pruebas de modernidad. El lenguaje de la tinta china era perfecto: con mínimos medios recogía la voz insumisa de las nuevas generaciones”.

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La primera sala de la exposición está dedicada casi enteramente a la primera producción de Ceesepe, desde sus primeras historietas, algunas del tamaño de una caja de cerillas, a sus cuadernos de apuntes y dibujos.

La influencia de las ideas de la contracultura que llegaban desde Estados Unidos se reflejan en muchas de las obras de esta época, especialmente en toda la serie del personaje Slober. Además de los originales, la exposición incluye las revistas dónde se publicaron. Destaca la barcelonesa Star en la que, con apenas 16 años, Ceesepe publicó su primera historieta. A muy temprana edad se convirtió en un referente del cómic que emergía en esos años, un movimiento juvenil y contracultural que respondía a las inquietudes de los jóvenes transicionales. El personaje Slober era un antihéroe políticamente incorrecto y violento que protagonizó sus delirantes aventuras. Slober se populariza enormemente entre los jóvenes que empiezan a reconocer la firma de Ceesepe.

Ceesepe
Ceesepe

En el mismo libro, Jordi Costa escribe: “Slober será la creación más icónica del Ceesepe puramente underground, un personaje que funcionará, en cierta medida, como alter ego pulsional del artista y que avanzará como un vector de transgresión y crueldad a través de unos universos oscuros regidos por el horror vacui”.

Por su parte, los tebeos de El Rrollo en Barcelona y la Cascorro Factory en Madrid fueron dos de los focos principales de un movimiento que aglutinó a jóvenes de diferentes sensibilidades. Entre ellos destacó un madrileño que desde la adolescencia había desarrollado un original instinto para el dibujo.

Vinculado a Star y al grupo de dibujantes de Barcelona que publican El Rrollo Enmascarado, entre ellos Nazario Luque y Xavier Mariscal, Ceesepe pudo llevar sus influencias a Madrid en unos años en los que la capital aún no había cogido el testigo de la cultura juvenil. Ceesepe, que poco después se convertiría en una destacada figura de lo que se conoce como la movida, actuó de puente entre las dos ciudades estableciendo un fundamental vínculo entre el Rastro y Las Ramblas, es decir, entre dos lugares hegemónicos en el nuevo flujo de libertad que surgía primero en Barcelona y luego en Madrid.

Así, con un pie en cada ciudad, Ceesepe monta en el Rastro, junto al fotógrafo Alberto García-Alix, su propia aventura: Cascorro Factory, un puesto de cómics y sello de las publicaciones artesanales que creaban con sus amigos, entre otros, Ouka Leele y El Hortelano.

Fernández-Santos añade: “Ceesepe tenía ya un puesto de cómics en el mercadillo madrileño cuando una amiga le presenta a Alberto García-Alix. Era la primavera de 1976. La fascinación entre ambos fue automática. «Yo venía de la universidad, de fracasar, y él despertó mi creatividad», recuerda el fotógrafo. Para el tímido Ceesepe, el guapo García-Alix representaba un mundo nuevo regido por los manjares urbanos: diversión, drogas y mujeres. Su fantasía había encontrado al muso perfecto. El puesto del Rastro estaba en la calle de Encomienda, pegado a la plaza de Cascorro. Ceesepe le sugirió a García-Alix sumarse a su aventura dominical. Quería evocar a la Factory de Warhol desde aquella mesita plagada de fanzines y cómics americanos traducidos al español que elaboraban de forma casera, reproducidos con offset o multicopista y grapados después, también manualmente. Entre los dos surgió el nombre del puesto y de sus publicaciones: la Cascorro Factory unía el corazón más castizo de Madrid con la utopía de la modernidad neoyorquina”. 

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